Me encontraba en el mar Muerto, que está a 416.5 metros bajo el nivel del mar, con un calor espantoso.

        El termómetro marcaba 40 grados centígrados, sin brisa alguna, el lugar desértico e inhóspito; de ahí proviene su nombre, mar Muerto porque aquello está muerto. En ese mar no se da absolutamente nada que no sea sal.

        Llegamos a un kibutz, pequeña comunidad agrícola con unas cuantas hectáreas, ¡sembradas en la mitad del desierto! Salió a mi encuentro su director, que es el prototipo del israelita que ha ido a colonizar ese territorio. A continuación el diálogo que sostuve con él:

- ¿Dónde nació usted?
En Canadá.

- ¿Qué hacía usted en Canadá?
Lo mismo que aquí, era granjero.

- ¿Cuánto ganaba en aquel país?
Aproximadamente siete mil dólares mensuales.

- ¿Cuánto gana actualmente en Israel?
Mil dólares mensuales.

- ¿Es usted casado y qué edad tiene?
Tengo 58 años, efectivamente soy casado y tengo tres hijos.

- Tengo entendido que en Israel todos los jóvenes, hombres y mujeres, deben prestar tres años obligatorios de servicio militar; ¿sus hijos ya prestaron ese servicio?
Sí, todos, tenía yo cuatro. Uno de ellos murió hace cinco años en el frente de guerra. Es duro despedirse de sus hijos y no saber si los va a volver a ver.

- Entiendo, como padre que soy, que la ley de la naturaleza nos pide ver a nuestros padres morir, pero me imagino que ha de ser terriblemente doloroso ver morir a un hijo. ¿Cuál es su experiencia?
Es terrible, se muere gran parte de uno mismo.

- El estado de Israel también le pide a los adultos que presten servicio militar 30 días al año. ¿Usted cumple con esa obligación?
Tengo 58 años y tengo 20 consecutivos que le tengo que decir adiós a mi esposa sin tener la seguridad de saber si volveré.

- ¿Cuántos años lleva en este kibutz y cuantas familias forman  la comunidad? 
Vivimos aquí 20 familias y tengo cerca de 10 años de estar en esta comunidad.

- ¿Qué tierra le entregaron cuando vinieron a colonizar esta zona?
Era solamente desierto, nos tocó vivir los dos primeros años en campamentos provisionales y lo verde que observa es el resultado de años de paciencia y cuidados.

Finalmente no pude más y le pregunté con angustia.

- ¿Me puede explicar por qué dejó Canadá por este desierto, sacrifica sus ingresos personales, sus hijos corren un riesgo de muerte? ¿Porqué después de haber perdido a un hijo usted permanece aquí? ¿Porqué se arriesga usted todos los años a morir? ¿Cómo soporta este clima y tantas adversidades? ¿Por qué?…

Entonces se arrodilló, tomó un poco de arena, abrió mi mano y la depositó en ella.

Esta es mi nación, es el lugar al que pertenezco, es la única herencia que le puedo dejar a mis hijos, es la libertad, un lugar de pertenencia, es la tierra donde he venido a sembrar mis ideales, mi propia historia.

En ese momento me quedé reflexionando, ¿Realmente amamos a nuestra nación?, ¿Entenderemos lo que significa el sentimiento de pertenencias? ¿Entenderemos que ésta tierra es nuestro origen, el lugar donde nos alimentamos, el sitio en que moraron nuestros antepasados, el lugar que nos educó?

Amigo lector, no te preguntes qué nación le vas a heredar a tus hijos, sino qué hijos le vas a entregar a tu nación.

Proverbios 13:22
“El bueno dejará herencia a los hijos de sus hijos, pero lo que posee el pecador está guardado para los justos.”



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